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Tu enemigo. Tu espejo

Tu enemigo. Tu espejo

Seguramente, en algún momento de la vida te has encontrado con una persona que te provoca un verdadero dolor de cabeza. Y quizá no sólo de cabeza: también de estómago, de pecho y hasta de huesos. Te cuesta aceptarla y quisieras que se fuera a otro planeta, porque crees que sólo así dejaría de molestarte.

No eres la única persona a la que le sucede. Hay quienes logran sacarnos tanto de quicio que terminamos llamándoles enemigos. Sin embargo, antes de responsabilizarlos por completo o culparnos por lo que sentimos, conviene detenernos a observar qué ocurre dentro de nosotros.

Puede que esa reacción tenga relación con una frase que coloquialmente usamos en México: “lo que te choca, te checa”.

Sé que no es sencillo admitirlo y demos juntos un gran suspiro antes de reconocer que aquello que rechazamos en otro puede mostrar algo que no hemos querido mirar en nosotros mismos.

Hace unos días, mientras disfrutaba de una serie de superhéroes, me llamó la atención que héroes y villanos suelen compartir deseos semejantes, aunque elijan métodos muy distintos para alcanzarlos. Quizá ahí se encuentre una parte de la explicación.

Muchas veces nos irritan ciertas personas porque actúan de una forma que no coincide con la nuestra o porque perciben el mundo desde otro lugar. Discutimos, juzgamos y hasta nos agarramos del chongo con quien hace algo que consideramos inadmisible.

Pensemos en una situación cotidiana: alguien que se metió en la fila. Es probable que lo insultemos en voz alta o, por lo menos, en pensamiento. Pero ¿qué pasa cuando nosotros hemos hecho algo parecido, incluso sin darnos cuenta? En ese momento solemos encontrar una explicación para nuestra conducta y dejamos de verla con la misma severidad.

No planteo este ejemplo para exhibirte ni para hacerte sentir mal mi querido lector.

Sólo permíteme mostrarte que la intolerancia puede cumplir una función fundamental en nuestra vida: ayudarnos a reconocer lo que sentimos, revisar nuestra manera de actuar y corregir aquello que nos aleja de la persona que queremos ser.

El problema surge cuando no aprendemos de esa incomodidad y permitimos que nos rebase. Entonces reaccionamos desde la cólera y podemos terminar reproduciendo la misma conducta que condenamos. Es necesario poner límites y decir no frente a un acto injusto, pero sin convertir el rechazo de la conducta en el deseo de destruir a quien la realizó.

Si no existiera la incomodidad, difícilmente podríamos corregir nuestras actitudes.

Volvamos a la persona que se metió en la fila. Si se pone agresiva y tú respondes con la misma agresividad, ¿qué te hace diferente de ella?

Comprender que sus motivos no son los tuyos no significa aprobar su comportamiento, ni hacer lo mismo que ella. Significa reconocer que existe una historia que desconoces y que no todo lo que hace tiene que ver con tu manera de ver el mundo.

Ahora pregúntate: ¿cambiaría tu reacción si supieras por qué actuó así?

Hay quienes se tocan el corazón al ver que sus razones tuvieron que ver con algo que valoramos: una urgencia médica, una urgencia familiar o algo que puso en riesgo su vida.

Cuando nos damos la oportunidad de ver la razón del acto, hasta lo ayudamos a conseguir el objetivo.

Lo mismo sucede cuando conocemos la historia detrás del villano en las series y películas de superhéroes. Nos cautivan sus actos en lugar de incomodarnos.

Y no porque lo justifiquemos, sino porque comprendemos.

Entender no equivale a justificar. Comprender amplía la mirada y el contexto.

Comprender hace que nos abramos a entender sus razones.

Las personas actúan por razones que muchas veces no conoceremos a fondo. Aun así, saber que esas razones existen puede ayudarnos a no interpretar cada diferencia como una ofensa personal.

Tú y yo también tenemos motivos para hacer, evitar o postergar ciertas cosas, aunque los demás no siempre los entiendan.

Esto no implica aceptar cualquier conducta ni permitir que alguien vulnere nuestros límites. Podemos alejarnos, expresar desacuerdo o protegernos sin alimentar el odio. Comprender al otro no exige renunciar al cuidado personal.

Llamamos enemigo a la persona que no comprendemos, a la que vemos distinto.

Pero qué crees, puede que ella también te vea así y no por eso eres mala persona, sólo eres diferente. Si volteamos el espejo, quizá descubramos algo de nosotros.

La próxima vez que alguien te incomode por hacer algo que tú, según, jamás harías, detente y pregúntate con honestidad: ¿de verdad nunca actuaría así o podría hacerlo por motivos distintos? ¿Qué parte de su conducta me irrita y qué revela mi reacción? ¿Necesito comprender, poner un límite o revisar algo propio?

El juicio pierde fuerza cuando reconocemos que la diferencia también forma parte de la vida. Mirarla con atención puede ayudarnos a conocernos y a responder de una manera más consciente.

Que tu próximo enemigo no se convierta en el dueño de tu enojo. Permite que su presencia te muestre qué necesitas atender, fortalecer o transformar en ti. Quizá entonces descubras que algunas personas a las que llamaste enemigas fueron, en realidad, espejos incómodos que te invitaron a mirarte con mayor honestidad.

Sé para ti el espejo que haga relucir tu conciencia y no olvides limpiarlo de vez en cuando para que nunca opaque a tu verdadera esencia.

Nayeli García

Nayeli García

En 2004 descubrí mi primera vocación: la implementación y asesoría de sistemas de gestión. En el 2010 conocí el modelo de Semiología de la Vida Cotidiana y a partir de ahí, me apasioné por el desarrollo de la conciencia.

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